principal_26_1.jpg Explorando Tulum y Xel Ha
 

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Explora Tulum, Discover Xel Ha

Pocos paisajes de México atrapan tanto como el de Tulum: las misteriosas pirámides mayas rodeadas de vegetación pura, la playas de arenas bien blancas y el mar turquesa casi irreal de fondo convierten a este pequeño poblado de la Riviera Maya en una invitación irresistible. Tulum es un lugar que hay que visitar.

Luego de casi una semana disfrutando de Playa del Carmen, llegué a Tulum atraída por esas mismas postales. No me llevó mucho tiempo saber que una excursión de día completo no sería suficiente, y me dispuse a buscar una cabaña. Para alguien que llega sin mucha información, la tarea de encontrar dónde hospedarse por unos días puede resultar un tanto engañosa: el pueblo de Tulum se encuentra a ambos lados de la carretera, y no se asemeja a esa idea perfecta de playas, palmeras y ruinas. Pero no hay que desesperar. Si bien es cierto que es en el centro donde se encuentran las opciones de alojamiento más económicas, existe también una zona hotelera que se despliega todo a lo largo de la costa, muy cerca del Parque Nacional, y rodeada en un ambiente natural único. Allí fue donde encontré un bungalow con una terraza directo al infinito, y me fui a dormir con el ruido de las olas y el viento de mar en las mejillas.

A la mañana siguiente partí hacia las ruinas. Tulum, en lengua nativa, significa “muralla”, pero los antiguos habitantes solían llamar a este lugar Zama, que significa “amanecer”. No es nada extraño: desde el acantilado en donde se ubica parte de la ciudadela las luces del alba tiñen el horizonte de unos tonos dramáticos capaces de hipnotizar a cualquiera. Además de las fotos únicas, visitar las ruinas temprano en la mañana es una buena opción para explorar con tranquilidad el yacimiento arqueológico de Tulum, evitando los grandes grupos de turistas.

De la antigua ciudad maya, construida entre los años 1200 y 1450 d.c., sólo es posible visitar lo que fue su núcleo ceremonial y político, es decir, lo que está dentro de las murallas. Aunque el estado de conservación de todos los edificios es excelente, ninguno llama tanto la atención como “El Castillo”, reconocible en todas las postales. Quedé sorprendida al saber que esta construcción era utilizada por los mayas como un faro, y no como un centro ceremonial.

Dado que muy cerca de las costas de Tulum se encuentra el segundo arrecife de coral más grande del mundo, los mayas se valían de un sistema de antorchas encendidas en su torre para guiar a sus embarcaciones hasta la costa. Hoy, ajenas al esplendor de aquella civilización, las iguanas reinan el paisaje y toman sol ignorando a los turistas. Entre las construcciones que más llamaron mi atención, recuerdo “El Templo del Dios Descendente”, en cuya puerta se ve tallada una figura de la deidad bajando desde el cielo, y “El Templo de los frescos”, en donde se conserva una gran cantidad de pinturas murales.

Terminé la visita, como casi todos esos días, contemplando las ruinas desde la playa contigua. La perspectiva de la ciudad prehispánica desde el mar, con el agua cristalina hasta el cuello, es una imagen de esas que uno no olvida, por más que pase el tiempo.

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